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¿Qué estás haciendo por ellos? 
El cazador en muletas y el juego del culito... Lucas está “indocumentado”, violado y custodiado por un policía que no se mueve de al lado de su cama. Pronto será judicializado y entregado a un hogar de tránsito. El violador está suelto...
por Hugo Macchiavelli - Está oscuro. Hace frío. Tienen hambre. La perversión también es voraz. Son tiempos violentos.
Los chicos caminan indefensos por las estaciones y los trenes con la única certeza de que la noche es larga. Interminable. Intentan recolectar todas las monedas posibles antes de que se vayan los pasajeros. Igual nunca alcanzan para todo. O se come, o se toma. O el pancho o el poxi.
Lucas sabe que está solo, desprotegido. Salirse del dominio de un mayor que lo mandaba a “repartir señaladores para él”, le da tranquilidad. Menos golpes, ya no maltratos. Pero ahora tiene mucha hambre, sólo un par de monedas en el bolsillo y está con poco abrigo y “sin ranchada” para ir a posar su cabeza.
Libertad con escasez o protección con maltrato, son las opciones de la ley de la calle.
Es el precio que tuvo que pagar Lucas. Pagó dos veces. Primero cuando se tuvo que ir de su casa “porque papá borracho” le pegaba. Después cobró por otro mayor que decía ser su amigo pero “que quiere plata” a cambio de protección.
Tiene 9 años Lucas y va por la vía con la expresión de su rostro gastada por la falta de sueño y el abandono. Va a bordo de trenes de pasajeros que miran de reojo el sistemático pedido de los bajitos que caminan, corren y saltan por los pasillos como si fuera un parque de diversiones.
Crecen los chicos en la calle, crecen sólo en cantidad.
Según el INDEC, más del 70% de los chicos nace en un hogar pobre, y casi el 40% vive en la indigencia y en la calle; el 22% de los chicos de entre 5 y 14 años ya trabaja. De los adolescentes que trabajan, el 58% no asiste a la escuela.
Son más o menos las siete de la tarde y la primavera no termina de florecer. Se hace de noche.
La estación está de tinieblas y asoma una persona mayor con muletas. Se abre paso entre los perros y los que todavía esperan el tren que va hacia el centro. El cazador se mueve oscilante pero consecuente. Va buscando nuevas presas. Ya se había enterado de que Lucas andaba solo “sin protección” (hay información en la calle). Lo buscó por varios días por varias estaciones. Siempre en la línea Mitre, siempre en el ramal Tigre. En la bacana zona norte, devenida en intermitentes villas chic.
Para los chicos que viven en los trenes, las líneas ferroviarias se transforman en habitaciones de su hogar. En general, las estaciones se adoptan como casas, los trenes como ambientes y los ramales son el mundo, los juegos y el trabajo.
Lucas dejó Retiro y pensó que la estación de Martínez estaba lo suficientemente lejos y, a la vez, cerca de las monedas tan ansiadas. El destino y el hombre de muletas hicieron lo suyo.
Primero le ofreció ir a comer algo. Algo que imperiosamente necesitaba Lucas. Le compró un sándwich, una coca y varios alfajores. Panza llena, sobrevino el cansancio, el frío y el hombre invitó al niño “a un lugar seguro”.
Lo violó.
Abusó de su vulnerabilidad, su frágil inocencia perdida. Lo dejó tirado al costado del andén. Todavía está internado en el Hospital Fernández. Está custodiado y lastimado. Por dentro y por fuera. Se salvó gracias a una vecina “que hizo una denuncia anónima” a “Madres del dolor”.
Isabel Yaconnis y Viviam Perrone, titulares de la organización de ayuda a las víctimas (que sobreabundan), actuaron rápidamente. El violador fue detenido. Pero como “lamentablemente la violación es un delito de acción privada que necesita denunciantes con nombre y apellido, los dejaron suelto (…). Un disparate y un error”
Ni más ni menos. Lucas está “indocumentado”, violado y custodiado por un policía que no se mueve de al lado de su cama. Pronto será judicializado y entregado a un hogar de tránsito. El violador está suelto.
El cazador recorre las estaciones. Está hambriento.
La descripción más acertada dice que “el hombre de muletas es un vagabundo”. Otros señalan que “es alguien que viste bien”. Esta última opción coincide con el hecho de que se aprovecha de los chicos a los que “invita a comer, a bañar y a dormir”.
Media tarde. La estación Martínez está repleta de gente. Los chicos son tres. Van juntos, unidos por la necesidad. Se cruzan con las muletas que nunca habían visto por ahí. El hombre les sonríe, les pide (a los chicos) que lo ayuden a cruzar las vías. Cayeron.
Van a comer juntos al Merendero de Martínez (un lugar que alimenta a gente de la calle y que los chicos no conocían). La pasan bien, les compra caramelos, chocolates. “Los invita a darse una ducha y a dormir”. Van.
Nadie sabe bien a dónde fueron y que pasó después. Lo cierto es que los chicos denunciaron que el hombre les dijo que antes de dormir “quería jugar al juego del culito”.
En ese momento el más grande de los tres, que no superaba los diez años, les dijo a sus amigos: “salgamos corriendo”. Se salvaron.
Yaconnis reconoce que “la policía ferroviaria los está ayudando a encontrar al violador”. Por segunda vez.
El parte de prensa de la Asociación dice que “es habitual que este hombre se acerque a los niños con la excusa de ayudarlos con comida y ropa. Por sus señas particulares, la Policía lo detuvo. Lo que nos sorprende es que a este sujeto se lo haya dejado en libertad. Por un error o por otro, nadie se interesó en este niño de 9 años que fue violado y hay un violador en libertad”.
Moraleja: hay un niño violado y custodiado y un violador en libertad. Por error.
Gentileza: http://www.24con.com/conurbano/nota/28887-El-cazador-en-muletas-y-el-juego-del-culito/ |