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| Por las buenas o por las malas |
| Jueves 04 de Febrero de 2010 05:27 |
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por Héctor Gambini - A mediados de los 80 oímos el primer pronóstico. Lugar común: "Argentina está dejando de ser un país de tránsito para ser de consumo". Aún no conocíamos la variedad de drogas sintéticas que llegarían en la década siguiente, la palabra "Paco" remitía únicamente al abuelo Francisco y la efedrina era un ignoto compuesto de las gotitas para la nariz. La cocaína venía de Colombia y pasaba a Europa dejando un recorte módico para el consumo interno. Después se agregaron proveedores (Perú y Bolivia) y florecieron "cocinas" locales: es más barato importar pasta base y terminar aquí la preparación. El mercado fue cobrando otra dimensión y bandas de narcos comenzaron a cruzarse en una guerra encarnizada en barrios de Capital o Provincia, con muertos cruzados y hasta mulas arrojadas al Riachuelo. El Estado apenas parpadeó ante la ofensiva: aquellos afiches de "maldita cocaína"; una ley de lavado de dinero con la que hasta ahora no se condenó ni a un solo narco, y reiteradas promesas de radares en las fronteras. Todo está igual: la Corte de Justicia de Salta dice que allí "llueve droga" y el sur santiagueño está tapizado de pistas de aterrizaje clandestinas. Cada tanto se "pesca" un cargamento hacia España y aparece un nuevo crimen (colombianos asesinados en un shopping de Martínez o en San Fernando) pero no se mira lo que ocurre en el tejido social. Estos narcos copando dos casillas con sus familias adentro en Capital recuerdan a la instalación de kioscos de droga "llave en mano" -cocaína, armas y protección incluídas- ofrecidos a pobres en el conurbano. Es por las buenas o por las malas.Las bandas disputan territorio y siembran muerte metiéndose con "oportunidades" y billetes donde muchas veces no hay ni agua potable. Y hay chicos que descubren que pueden conseguir otra dosis canjeándola por ropa o zapatillas, y entonces salen a robar ropa o zapatillas. Para empezar. Y hay madres que piden ayuda y se cansan de gritar, porque no hay oídos para ellas ni rehabilitación para sus hijos. En esas grietas -que vuelven a dejar al descubierto noticias como la del asentamiento de La Paternal- se filtran parte de las respuestas al problema de la inseguridad cotidiana. FUENTE: Clarín
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