Argentina: Congreso Internacional de Políticas Públicas en Adicciones
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| ONU llama a garantizar el acceso universal a tratamientos de adictos |
| Sábado 30 de Enero de 2010 11:57 |
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Antonio Maria Costa, Director Ejecutivo Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (UNODC) realizó un profundo análisis de los argumentos usados por centros de presión para implementar un libre mercado de drogas y advirtió que diferentes gobiernos nacionales plantean legalizar las drogas y cobrar impuestos por su producción y consumo para generar nuevas fuentes de ingresos fiscales, ante la crisis mundial. Y que la lucha contra el lavado de dinero no está en sus agendas. Esto desprotege la vida y la salud de las personas dijo y convocó a los Estado Miembros a garantizar el acceso universal al tratamiento de la toxicomanía.
El prefacio del Informe Mundial sobre Drogas 2009, sirvió de tribuna para que la Oficina de las Naciones Unidas contra las Drogas y el Delito (UNODC) alertara a la población mundial sobre el avance de los sectores que impulsan la creación de un libre mercado de drogas. Para Antonio María Costa, director ejecutivo de la entidad, es necesario abordar y repensar las críticas y desviaciones que ha tenido el actual sistema de fiscalización de estupefacientes. Pero aseguró que “las drogas ilícitas siguen planteando un peligro para la humanidad. Por ello, las drogas están, y deben seguir estando, controladas”. A continuación el texto completo: El final del primer siglo de fiscalización de drogas (que comenzó en Shanghái en 1909) coincidió con la terminación del decenio dedicado a la acción común para contrarrestar el problema mundial de las drogas (iniciado en 1998 por la Asamblea General en su período extraordinario de sesiones sobre las drogas). Estos aniversarios estimularon la reflexión sobre la eficacia y las limitaciones de las políticas sobre drogas. El examen culminó con la reafirmación de que las drogas ilícitas siguen planteando un peligro para la salud de la humanidad. Por ello, las drogas están, y deben seguir estando, controladas. Habida cuenta de ello, los Estados Miembros confirmaron su apoyo inequívoco a los convenios y convenciones de las Naciones Unidas que han establecido el sistema de fiscalización internacional de drogas. Al mismo tiempo, la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (UNODC) ha puesto de relieve algunos efectos negativos, claramente no deseados de la fiscalización de drogas, que preanuncian la necesidad de celebrar un debate sobre las formas de hacerles frente. Últimamente, se han alzado algunas voces, limitadas pero en aumento entre los políticos, los medios de difusión y hasta la opinión pública, que afirman: la fiscalización de drogas no está dando resultados. El volumen de estas voces sigue aumentando y el mensaje se está extendiendo. Gran parte de este debate público se caracteriza por generalizaciones injustificadas y soluciones simplistas. Sin embargo, el eje mismo del debate destaca la necesidad de evaluar la eficacia del enfoque actual. Tras haber examinado la cuestión sobre la base de nuestros datos, la UNODC ha llegado a la conclusión de que, aunque los cambios son necesarios, éstos deberían alentar diferentes medios de proteger a la sociedad contra las drogas, y no de impulsar el objetivo diferente de abandonar esta protección. A. ¿De qué trata el debate sobre la despenalización? Se han formulado distintos argumentos a favor de que se ponga fin a la fiscalización de drogas sobre la base de argumentos i) económicos, ii) de salud y iii) de seguridad, y una combinación de los tres. I. El argumento económico a favor de la legalización de las drogas propugna: legalicemos las drogas y generemos ingresos fiscales. Este argumento está cobrando mayor popularidad ya que los gobiernos nacionales buscan nuevas fuentes de ingresos en el marco de la crisis económica actual. Este argumento a favor de legalizar y gravar no es ético ni económico. Propone un impuesto perverso, generación tras generación, a los grupos marginados (perdidos a causa de la adicción) para estimular la recuperación económica. ¿Acaso los partidarios de esta causa también están a favor de legalizar y gravar otros delitos aparentemente de difícil solución como la trata de personas? Los esclavos de hoy en día (que se cuentan por millones) indudablemente generarían buenos ingresos fiscales que permitirían el rescate de bancos quebrados. El argumento económico también se basa en una lógica fiscal equivocada: toda reducción del costo de la fiscalización de drogas (debido a una reducción de los gastos de las fuerzas de seguridad) estará contrarrestada por un gran aumento de los gastos de salud pública (debido al incremento del consumo de drogas). La moraleja es que las transacciones perversas no deben legalizarse simplemente porque son difíciles de controlar. II. Otros han sostenido que, después de la legalización, podría evitarse una amenaza para la salud (como una epidemia de drogas) mediante la reglamentación del mercado de estupefacientes. Esto también es ingenuo y corto de miras. En primer lugar, cuanto más estrictos sean los controles (sobre cualquier cosa), tanto mayor y más veloz será el mercado (delictivo) paralelo que aparecerá, lo cual invalida el concepto. En segundo lugar, sólo unos pocos países (ricos) pueden permitirse controles tan complejos. ¿Cómo afectará esto al resto (la mayor parte) de la humanidad? ¿Por qué desencadenar una epidemia de drogas en el mundo en desarrollo en aras de argumentos libertarios formulados por un grupo de presión a favor de las drogas que puede darse el lujo de tener acceso a tratamiento por consumo de drogas? Las drogas no son dañinas porque se fiscalicen, se fiscalizan porque son dañinas; y causan daño, sea el adicto rico y bello, o pobre y marginado. Las estadísticas sobre drogas siguen siendo elocuentes. El crecimiento desmedido del pasado se ha aplacado y la crisis de las drogas del decenio de 1990 parece estar bajo control. Este Informe de 2009 aporta nuevas pruebas de que los cultivos para la producción de drogas (el opio y la coca) se han estancado o reducido. Lo que es aun más importante, los principales mercados de opiáceos (Europa y Asia sudoriental), cocaína (América del Norte), y cannabis (América del Norte, Oceanía y Europa) están achicándose. El incremento del consumo de estimulantes sintéticos, especialmente en Asia oriental y el Oriente Medio, es motivo de preocupación, aunque su consumo está disminuyendo en los países desarrollados. III. La cuestión más grave atañe a la delincuencia organizada. Toda actividad en el mercado fiscalizada por la autoridad genera transacciones paralelas ilegales, como ya se señaló. Inevitablemente, la fiscalización de estupefacientes ha generado un mercado delictivo de dimensiones macroeconómicas que usa la violencia y la corrupción para mediar entre la demanda y la oferta. Si legalizamos las drogas, la delincuencia organizada perderá su actividad más lucrativa, afirman, pues, los críticos. No lleguemos a conclusiones apresuradas. La UNODC tiene plena conciencia de las amenazas que plantean las mafias internacionales de drogas. Nuestras estimaciones del valor del mercado de drogas (en 2005) no tuvieron precedentes. La Oficina también fue la primera en dar la voz de alarma sobre la amenaza del tráfico de drogas a países de África occidental y oriental, el Caribe, América Central y los Balcanes. Al hacerlo, hemos destacado la amenaza a la seguridad que plantea la delincuencia organizada, una cuestión que ahora se examina periódicamente en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. Tras iniciar este debate sobre las drogas y la delincuencia, y tras haber reflexionado extensamente al respecto, hemos llegado a la conclusión de que estos argumentos que relacionan las drogas con la delincuencia organizada son válidos y deben tenerse en cuenta. Insto a los gobiernos a que reajusten su combinación de políticas sin demora e impongan una mayor fiscalización de la delincuencia, sin disminuir la fiscalización de las drogas. En otras palabras, mientras que el argumento sobre la delincuencia es correcto, las conclusiones alcanzadas por sus partidarios son erróneas. ¿Por qué? Porque no estamos ante un problema económico, estamos ante un problema humano. La política económica es el arte de administrar el dinero y de lograr un equilibrio entre inflación y empleo, entre consumo y ahorros, entre contrapesos internos y externos. La vida humana es otra cosa. Si comenzamos a hacer concesiones respecto de ella, terminaremos violando los derechos humanos de algunos. No puede haber intercambios, ni quid pro quo cuando la salud y la seguridad están en juego: la sociedad debe,y puede, proteger ambos bienes con determinación absoluta. Insto a los heroicos partidarios de la causa de los derechos humanos en todo el mundo a que ayuden a la UNODC a promover el derecho a la salud de los toxicómanos: deben recibir ayuda y reintegrarse a la sociedad. La adicción es un problema de salud y no debe encarcelarse a los afectados, ni dispararse contra ellos, ni tampoco, como sugieren los defensores de este argumento, sacrificarlos para reducir la amenaza a la seguridad que plantean las mafias internacionales. Desde luego, estas últimas deben combatirse de la forma en que lo sugerimos más abajo. B. Una mejor combinación de políticas La relación entre la delincuencia y las drogas fue el tema de un informe titulado La delincuencia organizada y la amenaza que supone para la sociedad: Cómo hacer frente a una preocupante consecuencia de la fiscalización de drogas que presenté a la Comisión de Estupefacientes y a la Comisión de Prevención del Delito en 2009. Habida cuenta de la importancia de esta cuestión, hemos dedicado un capítulo del Informe de este año a seguir examinando la cuestión y sus consecuencias normativas. A continuación se consignan algunos de los temas principales. En primer lugar, los encargados de hacer cumplir la ley deberían centrarse en los traficantes, y no en los consumidores de drogas. La toxicomanía es un problema de salud: las personas que consumen drogas necesitan ayuda médica, no ser castigados como delincuentes. Debe prestarse atención a los grandes consumidores de drogas. Éstos son los que más drogas consumen, los que causan el mayor daño tanto a sí mismos como a la sociedad y los que generan mayores ingresos a las mafias de las drogas. Los tribunales especializados en drogas y la asistencia médica probablemente puedan crear sociedades más saludables y seguras que el encarcelamiento. Insto a los Estados Miembros a que luchen por el logro del objetivo del acceso universal al tratamiento de la toxicomanía como un compromiso para salvar vidas y reducir la demanda de drogas: esto traerá aparejados la caída de la oferta y los ingresos de la delincuencia conexos. Avancemos hacia el logro de este objetivo en los próximos años y luego evaluemos sus repercusiones beneficiosas en la próxima oportunidad en que se reúnan los Estados Miembros para examinar la eficacia de la política sobre drogas (2015). En segundo lugar, debemos poner fin a la tragedia de las ciudades fuera de control. Las transacciones sobre drogas, al igual que la mayoría de los delitos, se producen en entornos urbanos controlados por grupos delictivos. Este problema empeorará en las megaciudades del futuro, a menos que la gobernanza siga el ritmo de la urbanización. Sin embargo, detener a personas y confiscar las drogas de uso personal es como arrancar malas hierbas, hay que volver a hacerlo al día siguiente. El problema sólo puede resolverse abordando la cuestión de los barrios marginales y el abandono en nuestras ciudades, mediante la renovación de la infraestructura y la inversión en las personas, ayudando especialmente a los jóvenes, que son vulnerables a las drogas y al delito, mediante educación, empleo y deportes. Los guetos no crean toxicómanos ni desempleados, a menudo sucede precisamente lo contrario. Y en este proceso prosperan las mafias. En tercer lugar, y esto es lo más importante, los gobiernos deben valerse, a nivel individual y colectivo, de los acuerdos internacionales para luchar contra la sociedad “incivil”. Esto significa que deben ratificarse y aplicarse la Convención de las Naciones Unidas contra la Delincuencia Organizada Transnacional y la Convención de las Naciones Unidas contra la Corrupción y los protocolos conexos sobre la trata de personas, las armas y los migrantes. Hasta ahora, la comunidad internacional no ha asumido estas obligaciones internacionales seriamente. Mientras los habitantes de barrios marginales sufren, África es objeto de ataque, los carteles de la droga amenazan América Latina y las mafias se infiltran en las instituciones financieras quebradas, los negociadores subalternos en estas Conferencias de las Partes de las Convenciones debaten procedimientos burocráticos y oscuros conceptos de inclusividad, sentido de identificación, amplitud y falta de ordenamiento. Hay grandes lagunas en la aplicación de las Convenciones de Palermo y de Mérida, varios años después de su entrada en vigor. Como resultado, varios países se enfrentan con una situación de delincuencia causada en buena medida por las opciones que han elegido. Eso ya es de por sí bastante malo. Peor aun es que, a menudo, sus vecinos vulnerables pagan un precio aun mayor. Nuestros países pueden hacer mucho más para enfrentarse con la fuerza brutal de la delincuencia organizada: también debe abordarse el contexto en el que operan las mafias. • El blanqueo de dinero está generalizado y prácticamente no tiene oposición, en un momento en que los préstamos interbancarios se han agotado. Hoy no se atiende a las recomendaciones formuladas para prevenir el uso de instituciones financieras para el blanqueo de dinero más que para transgredirlas. En un momento en que los principales bancos quiebran, los banqueros parecen pensar que “el dinero no huele”. Los ciudadanos honrados, que luchan contra las penurias económicas, se preguntan por qué no se decomisa el producto del delito, convertido en ostentosos bienes inmuebles, automóviles, barcos y aviones. • Otro contexto al que debe prestarse atención es el relativo a uno de los mayores bienes de la humanidad, Internet. Ha cambiado nuestra vida, especialmente la forma en que llevamos a cabo los negocios, las comunicaciones, las investigaciones y el esparcimiento. Sin embargo, Internet también se ha convertido en un arma de destrucción en masa para los delincuentes (y los terroristas). Curiosamente, y pese a la ola actual de delincuencia, los llamamientos a que se adopten medidas en contra del lavado de dinero y el delito informático no tienen respuesta. En este proceso, la política sobre drogas carga con la culpa y se la menoscaba. C. Dos veces “NO” En suma, la delincuencia organizada transnacional nunca se detendrá mediante la legalización de los estupefacientes. Las arcas de las mafias se alimentan también del tráfico de armas, personas y sus órganos, la falsificación y el contrabando, la extorsión y los préstamos usurarios, los secuestros y la piratería, así como la violencia contra el medio ambiente (la tala ilegal, el vertimiento de desechos tóxicos, etc.). El argumento que favorece las concesiones entre la droga y la delincuencia que se analiza supra es el mismo que promueve el viejo programa de legalización de los estupefacientes, que propugnan permanentemente los grupos de presión a favor de las drogas. (Obsérvese que los partidarios de esta postura no la ampliarían para incluir las armas, cuya fiscalización, afirman, debería realmente hacerse cumplir y aumentarse; en otras palabras, no a las armas, sí a las drogas.) Hasta ahora, la mayor parte de nuestra sociedad se ha opuesto tenazmente y con éxito, al programa de legalización de estupefacientes. Sin embargo, debe cambiar la política de lucha contra la delincuencia. Ya no basta con decir: no a las drogas. Ahora debemos afirmar con la misma vehemencia: no a la delincuencia. No queda más opción que mejorar tanto la seguridad como la salud. Poner fin a la fiscalización de los estupefacientes sería un error colosal. Igualmente catastrófico es seguir haciendo caso omiso de la amenaza que la delincuencia organizada plantea a la seguridad. Antonio Maria Costa
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