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| Historia de una adicción (2ª entrega) |
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Ocho años libre de droga; y cómo pasé de un jalón a 10 gramos diarios… Miedo, angustia, ansiedad, tristeza, desesperación… Me acuerdo y un ligero escalofrío recorre mi espalda, me sacude la cabeza, me golpea… Durante los dos primeros años de mi adicción, todos los días me regalaban la droga. Como no consumía “tanto”, pues se trataba de pedir y alguien “generoso” siempre se ofrecía a tirarme el anzuelo, y yo a pescarlo con los dientes, con el alma, con la inmadurez y la estupidez de mis 23 años.
Dos años, en serio, la droga fue gratuita. Y ni de lejos me imaginaba que era el pasaporte a la locura, a la desesperación, al abismo en el que caí durante trece años. Y yo, tan imbécil como millones de fumadores, de alcohólicos, de mariguanos, de cocainómanos, dije: sólo es para probar, sólo es para que no me cuenten. Pretextos, todos. Estupideces que maquinaba mi cabeza con tal de justificar mi inmadurez. Pregúntenle a un adicto, y de inmediato responderá, en automático: es que… es que… lo que pasa es que… lo que pasa es que… ¡Guácala!, la inmadurez absoluta de no admitir el error, de culpar al de al lado. En serio, me da escalofrío, me da miedo, me da no sé qué de pensar en ese Víctor Hugo que se sentía tan fregón, y verlo a la distancia tan imbécil, tan tonto de inhalar veneno y creerse listo para encontrar pretextos que me justificaran. Y nadie, en serio, nadie del círculo que frecuentaba, se negaba a regalarme un pase, como le llamaban, le llaman. Pero al cabo del primer año, ya no pedía “tantito”, sino que comencé a pedir, en el mayor de los cinismos: “un gramo para mi solito, que me dure toda la semana”. Eso me duraba un gramo. Una semana. Los primeros dos años: un gramo por semana. Pero el consumo era diario, diario, diario el jaloncito de droga, y en esos dos años, créanme, se fue formando en mi cabeza la idea de que en verdad me sentía bien, y del “quiero probar para que no me cuenten” pasé al “la necesito”. Todo ese mundo formado en mi cabeza, con mis argumentos, con mi hábito: sistemáticamente, cada noche, antes de acostarme, un jaloncito. Un hábito. Y por eso digo, sin que mi verdad sea una verdad absoluta, que conste, que ésta no es una enfermedad, aunque se molesten quienes se molesten, aunque digan los oceánicos que sí lo es, aunque digan los bettyfordcenterianos que sí lo es, y aunque los “doblea” también lo digan, yo insistiré: es un hábito, destructivo, sí, muy destructivo, pero no enfermedad. Pude comprobar que el consumo se incrementó, que de un gramo semanal pasé al gramo cada tres días, y de éste al gramo diario, y luego a los dos gramos diarios… y al final: diez me parecían pocos para un día… Sí, a ese extremo llegué: diez gramos diarios. Me han preguntado cómo lo dejé, que diga cómo le hice. Sinceramente les repito: rompiendo hábitos, rompiendo las estructuras mentales que me había formado y que eran repetitivas, cíclicas, pero que iban incrementando la dosis, porque ante el ataque del veneno, el cuerpo se hizo inmune, y se fue acostumbrando, acostumbrando. No fue de un día para otro, debo admitirlo. Hubo recaídas, cierto. Pero éstas se dieron en la conciencia de que la estaba regando, y de que ya no quería vivir así. Lo he dicho y lo repetiré: aceptación, asumir responsabilidades, y corregirlas. Eso, tan simple, tan infinitamente sencillo, me abrió la puerta de esta cárcel que yo mismo me formé, y que comenzó con un razonamiento estúpido y muy común: probarla, para que nadie me cuente. Hoy, afortunadamente, yo puedo contarlo porque aprendí a quererme, porque aprendí a respetarme, porque aprendí a estar conmigo, a no temerme, a no sentirme solo. Ocho años libre de esta adicción me avalan. Y me avalan igual los trece años que estuve consumiendo droga. Claro. Trece años se dice fácil, pero son muchos años de estar mal, como para no haber aprendido de ellos, como para creer tirar esa experiencia por la borda. Trece años, varios kilos de droga, mucho dinero tirado, muchas ilusiones muertas, muchas esperanzas rotas… Trece años de insistir en un hábito: todas las noches, sólo en las noches. Nunca en el día, nunca con gente. Siempre solo, siempre en las noches, esas noches que hora veo lejanas, que me parecen eternas, mirando al cielorraso de mi cuarto, el cuarto de un hotel, acaso una ventana, como un zombie, como un muerto: preguntándome, cada una de esas noches: ¿Qué hago aquí? Victor Hugo Sánchez |
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